martes, 6 de enero de 2009

Frida Kahlo


Sitio oficial:
¡IMPERDIBLE!!!!!

Materiales para la enseñanza


Un link interesante:
"Una didáctica disparatada"
http://www.educared.org.ar/enfoco/ppce/temas/26_la_didactica_disparatada/

"Las guías de lectura":
http://www.educared.org.ar/enfoco/ppce/temas/42_materiales_para_la_ensenanza/

Diferentes lenguajes para un mismo nombre...







(Ma. Paula Olaizola)

Si hay algo que nos caracteriza como “humanos” es esa capacidad para la comunicación a la que llamamos lenguaje. Muchos teóricos han tratado de definirlo a lo largo de los años, poniendo el acento tanto en su función social como comunicativa, permitiendo –a través de sus análisis y teorías- que el propio hombre comprendiera la magnitud de sus posibilidades, vislumbrando en sus múltiples manifestaciones posibles universos de sentido.
Cuando hablamos de lenguaje aludimos inmediatamente a esa “…institución con que los humanos se comunican e interactúan entre sí por medio de símbolos arbitrarios orales y auditivos de uso habitual” (Hall, 1968. Essay on Language), sin embargo, dentro de este concepto e intentando una perspectiva artística, lo vemos transfigurado en una maravillosa diversidad de signos, colores y símbolos que fluyen desde las diferentes manifestaciones del arte, a veces envueltos en melodías estridentes, otras convertidos en imágenes de bronce, erigiendo mundos de palabras, formas y ecos; lenguajes sugestivos, provocadores, voces de la historia que en un juego dialéctico con el propio individuo, van configurando el camino del arte a lo largo de los siglos.
En este devenir histórico el sujeto va desarrollando diferentes lenguajes que le permiten manifestarse más allá de la finalidad que se plantea, social por momentos, puramente estética en otros casos. Libremente o subyugado por el poder de turno, con las herramientas que el propio contexto le proporciona, el hombre siempre se expresa, y de maneras diversas. Una de ellas es el lenguaje literario, otra, el cinematográfico, manifestaciones que en reiteradas ocasiones dialogan influyéndose y conjugándose en obras de arte concretas. Ejemplo claro de ello es “El nombre de la rosa”, tanto la obra literaria de Umberto Eco como la lectura que de ella hace Annaud con su simbólico lenguaje cinematográfico y la idea subyacente que atraviesa a ambas: el valor del conocimiento y el temor a la “verdad” de aquellos que durante siglos cimentaron su poder en supuestos incuestionables que sirvieron de fundamento a las atrocidades más perversas perpetradas por un dios injusto y castigador.
Dos obras de arte que se miran mutuamente y dialogan en la mente de quien las recibe, permitiendo la construcción de un universo medieval cargado de símbolos y alegorías, de imágenes y de palabras que han dejado profundas huellas en nuestra concepción occidental del mundo. Dos obras que son miles de obras, una novela “…hecha de fragmentos, períodos incompletos, muñones de libros” (Eco, U. “El nombre de la rosa”. Alfaguara. Grupo Santillana. Bs. As., 2006, Pág.574) en la que el propio narrador, al finalizar su relato, advierte al lector: “…leerás (…) un inmenso acróstico que no dice ni repite otra cosa que lo que aquellos fragmentos me han sugerido” (Eco, U. “El nombre de la rosa” Pág. 574). Y luego, una producción cinematográfica que, al leer la obra de Eco, lee sus infinitas lecturas anteriores y lee también otras obras no necesariamente literarias que se recrean en la película, tal como vemos en escenas como la de la habitación de Guillermo y todas aquellas que, por sus juegos de luces y de sombras, parecen sacadas de una muestra pictórica de Rembrandt.
Una mirada profunda a nuestros objetos de análisis nos permite vislumbrar, más allá de esa línea de sentido transversal, las particularidades que ofrecen ambos lenguajes y la manera en que cada uno construye sus entramados de signos, partiendo de la noción de que “…los medios audiovisuales tienen un conjunto de características comunes pues comparten el mismo lenguaje. Este se presenta como un entramado complejo, de amplia raíz polisémica, que se conforma a partir de la mezcla de imágenes, sonido y movimiento, y por lo tanto comporta nuevos modos de comunicar y no responde necesariamente a las características del lenguaje verbal” (Apuntes de cátedra, 2008). De esta manera podemos apreciar cómo el director de la película transforma en imágenes, sonido y movimiento el mundo construido por Eco con palabras.
Si bien cada lenguaje ofrece posibilidades propias, también recurre a herramientas del otro, erigiendo sus universos de sentido con préstamos estéticos. Ejemplo de ello son las figuras retóricas que el cine toma de la literatura, logrando convertir una extensa descripción de la abadía y sus alrededores en una clarificadora imagen que Annaud eligió construir en esas montañas desoladas y agrestes. Otro préstamo que la literatura le hace al cine es la metafórica construcción de la biblioteca, “…laberinto espiritual, y también laberinto terrenal” (Eco, U. “El nombre de la rosa”), ella, con sus espejos y sus anaqueles borgeanos, aparece convertida en un universo infinito de escalones y pasillos lúgubres y prohibidos en la obra de arte cinematográfica.
Además, una figura retórica propia de las letras marca la estética de la película: la hipérbole, claramente utilizada en la construcción de los monjes de rasgos duros y sugestivos, transformados en símbolos del pensamiento oscuro propio del medioevo.
La obra del cineasta recoge no sólo metáforas, hipérboles e imágenes sensoriales, sino también el propio lenguaje que Eco utiliza y pone en boca de sus personajes, tal como se desprende de las primeras imágenes en que se oye al narrador, Adso de Melk, pronunciando palabras extraídas de la novela: “…ya al final de mi vida de pecador, canoso y decrépito como el mundo (…) me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud…”(Eco, U. “El nombre de la rosa” Pág. 17). Estos ejemplos de exactitud textual abundan en la película, sobre todo en momentos fundamentales para el concepto de la obra, como lo es la escena de la discusión en el scriptorium entre Jorge de Burgos y Guillermo de Baskerville, en la que se hace alusión a la risa y a la obra perdida de Aristóteles.
Hasta aquí sólo hemos mencionado algunos de los aspectos compartidos por las dos manifestaciones artísticas analizadas, sin embargo, hay otros que no comparten o en los que se diferencian, sobre todo en cuanto a las líneas de sentido que cada obra profundiza y a la mirada que proponen.
El acercamiento a las obras nos abre un mundo en pugna por la “verdad”; nos invita a recorrer los intrincados pasadizos de la fe y su siniestra cercanía con el poder; nos descubre a un hombre luchando contra la oscuridad y el silencio de siglos, dudando de supuestos hasta entonces incuestionables, con ojos que buscan más allá de las apariencias de las cosas una verdad que los libere de viejas ataduras. Sin embargo, cada obra de arte, a través de su lenguaje particular, construye un mundo diferente. Mientras que la película, atravesada por sus códigos propios y las demandas del mercado, centra su mirada en la línea de los asesinatos, acercándose mucho al clásico policial hollywoodense; la obra literaria ofrece un enfoque más filosófico y lingüístico, la fluidez de las palabras escritas le permite al autor profundizar en discusiones complejas y cargadas de sentido histórico, construir personajes que se transforman en símbolos de dos paradigmas, oponiendo la luz a la oscuridad, la búsqueda a las certezas absolutas.
De esta manera vemos erigirse un mundo, fundamentalmente una época, la Edad Media, considerada por el director de cine como la protagonista principal de su obra, transformada en conceptos y palabras por Eco; oscuro pasado de las ideas, alegoría pura del hombre en su lucha ancestral por el poder.

sábado, 3 de enero de 2009

J.L. Borges: "La Casa de Asterión", recreación intelectual de un mito


http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/asterion.html

La reescritura de una mito. "La casa de Asterión" de Jorge Luis Borges

El Minotauro
Ricardo Accurso
Universidad Nacional de Rosario

Este mito tiene su origen en la isla de Creta, donde entre los años 2000 y 1400 antes de Cristo se desarrolló una magnífica cultura que influyó sobre los griegos posteriores. Creta, situada en un lugar estratégico del Mediterráneo, representó históricamente un puente entre el Cercano Oriente y Europa. A través de ella Europa recibió diversos aportes culturales que van desde lo arquitectónico y la vestimenta hasta las creencias y las ciencias. Es así que buena parte de la mitología y religión griegas, que pueden ser catalogadas como cosmovisiones, tienen su origen en Creta. El minotauro es un ejemplo.
Cuenta el mito que el rey Minos de Creta estaba casado con la bella Pasifae, hija del Sol. Por ende, tenía una belleza esplendorosa. Pasifae sintió profunda atracción por un toro que provenía del mar. El toro era objeto de culto en la isla, simbolizando quizá la potencia creadora. Tampoco debe olvidarse que el dios griego Zeus solía tomar la forma de un toro. Bajo esa apariencia secuestró a la princesa fenicia Europa. Zeus sería originario justamente de Creta, o al menos una de las deidades que posteriormente se fusionaron para dar vida al dios olímpico supremo de los griegos.
Para poder mantener relaciones íntimas con dicho toro Pasifae recurrió a los servicios del genial artesano de ascendencia divina Dédalo. Este le preparó un adminículo apropiado para el coito de marras.
Producto de esa relación entre Pasifae y el toro fue el monstruo Minotauro, mitad hombre (cuerpo) y mitad toro (cabeza). En tanto asociemos al toro con un dios, podría pensarse que el dicho monstruo tenía cuerpo de humano y espíritu divino. El nombre Minotauro resulta de unir las palabras Minos y tauro (toro) -de allí Taurus, la constelación del toro y el signo zodiacal Tauro. Podría traducirse, así, como el Toro de Minos. Enterado el rey de este alumbramiento ominoso, ordenó a Dédalo construir un laberinto para recluir al Minotauro.
Los atenienses, que eran súbditos de Minos, debían ofrecer anualmente en calidad de tributo 7 mancebos y 7 doncellas para alimenar al monstruo. Número altamente simbólico como pocos. Como sucede frecuentemente, en un momento dado la costumbre llega a su fin. Cansado de tanto sacrificio en aras del Minotauro, el joven Teseo (hijo del rey de Atenas) solicitó a su padre que lo incluyera en el contingente que iba a ser remitido a Creta según la costumbre, pues tenía el propósito de matar al monstruo.
Fue así que Teseo llegó a Creta. Allí logró enamorar a Ariadna, hija de Minos, quien sería una pieza clave para la concreción de sus planes. Gracias al hilo que le suministraba Ariadna, Teseo pudo volver sobre sus pasos y salir del laberinto una vez que había destruido al Minotauro. Cabe aclarar que la palabra laberinto la habrían tomado los griegos de una población del Asia Menor (actual Turquía), los carios. Las célebres ciudades de Mileto y Halicarnaso (hoy Budrum) estaban en la costa de esa región, sobre el Mar Egeo. Tales, uno de los más célebres filósofos pre-socráticos era oriundo justamente de Mileto.
Ariadna y Teseo huyeron de Creta y se refugiaron en la isla de Naxos, donde el héroe ateniense -haciendo muestra de ingratitud- abandonó a su compañera. Esta, según cierta versión, desesperada por el abandono se arrojó desde una roca al mar. Según otra tradición, Ariadna se unió posteriormente con el dios Dyonisios. Cuando ella murió, el dios en testimonio de su amor la hospedó en el cielo, el hogar de los dioses, y creó una constelación a partir de la corona de bodas que ornara los cabellos de Ariadna.
Algunos estudiosos interpretan este mito en tanto símbolo de la independencia de Atenas respecto de Creta. El historiador británico Finley critica esta postura, afirmando que los pueblos independizados suelen manifestar de una manera mucho menos simbólica la ruptura de su servidumbre ante una potencia extranjera.
Otra interpretación del mito se concentra en lo religioso y no en lo político. Según ésta, la historia del Minotauro habría surgido para explicar una iniciación ligada al culto de Dyonisios. Según Paul Faure, el laberinto no debería relacionarse con el palacio gubernamental de Cnosos (la principal ciudad del reino minoico) sino con una caverna. Faure llega incluso a identificar la caverna. Se trataría de la caverna de Skotino, ubicada a pocos kms. al este de Cnosos, utilizada como lugar sagrado durante muchos siglos. A diferencia de los pueblos orientales, los cretenses no construían templos para celebrar cultos u honrar a sus divinidades. Sus ceremonias religiosas eran celebradas en lugares naturales, especialmente cavernas.
Más allá de estas hipótesis, el mito es válido en sí mismo en tanto nos habla de los ingenios, deseos y pasiones humanas que perduran a través de los milenios, a pesar de los cambios tecnológicos. Cada uno podrá extraer enseñanzas de esta historia, siendo el carácter didáctico lo que más solían apreciar los griegos en sus mitos. Quizá, el contraste entre la ingratitud de Teseo y la generosidad de Dyonisios sea uno de los aspectos más llamativos de este
mito
.
"La casa de Asterión", Jorge Luis Borges
Y la reina dió a luz un hijo que se llamó Asterión
APOLODORO, Biblioteca, III, I

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito (1) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. no me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. ( A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el del otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Esto no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá que me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba un vestigio de sangre.
- ¿Lo creerás, Ariadna? - dijo Teseo -. El minotauro apenas se defendió.

A Marta Mosquera Eastman
1- El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos

-La risa en la Edad Media: manifestaciones en el Románico.
(Manuel Gila)




Al reír Dios, nacieron los siete dioses que gobiernan el mundo (...)
Cuando la risa estalló, apareció la luz(...)
cuando volvió a reír por segunda vez, brotó el agua (...)
la séptima vez que rió apareció el alma .
( Reinach )

En la Antigüedad existía la idea de la fuerza creadora de la risa. Corresponde a los antiguos egipcios el mérito de haber dicho todo lo que cabía decir a propósito de la risa creadora. Lo que imaginaban acerca de la creación del mundo aparece en un papiro alquímico conservado en Leyden y que data del siglo III de nuestra Era. Se trata de un relato en el que se atribuye a la risa divina la creación y el nacimiento del mundo.


El mensaje sobre la risa que nos transmite Aristóteles, es que solamente una democracia podía tolerar la franqueza de las antiguas comedias, en la democracia la risa se caracteriza por su fuerza crítica y su acción democratizadora. La risa manifiesta su orientación democrática al dirigirse a la opinión pública más que a las altas autoridades jerárquicas.


Con Mijhail Bajtin (1974) y su trabajo La Cultura Popular en la Edad Media y en el Renacimiento, la risa y la cultura popular comienzan a tener su espacio de vida, de valor insospechado e ineludible del conocimiento acerca de la cultura de lo cómico.


Antes de comentar el trabajo de Bajtin es necesario explicar cómo han ido cambiando las pautas de comportamiento y los hábitos psíquicos del ser occidental, a la luz de lo expuesto por Norbert Elias (1987) en su libro El proceso de la civilización, cuyo análisis permitirá observar la importancia de la risa dentro de este proceso.


El concepto "civilización" expresa la autoconciencia de Occidente. Según Elias (1987), siguiendo una especie de "ley fundamental de la sociogénesis", el individuo, durante su vida, vuelve a recorrer los procesos que ha recorrido su sociedad a lo largo de la historia. Así es cómo, dentro del marco de dicha ley, podemos estudiar la evolución de las pautas de comportamiento y de los hábitos psíquicos.


De acuerdo a este autor (Elias, 1987), a partir de la Baja Edad Media y del primer Renacimiento hay un aumento especialmente fuerte del autocontrol individual, al que hoy nos referimos como "interiorizado" o "internalizado".


El Renacimiento, que se gestó durante la Edad Media, especialmente a partir del siglo XII, trajo consigo la conciencia de individualidad. El historiador suizo Jacob Burckhardt (1981) reclama en la segunda mitad del siglo XIX que, dentro de Europa, la conciencia de individualidad se desarrolló primeramente en Italia.


El hombre era consciente de sí mismo sólo como miembro de una raza, gente, partido, familia o corporación --sólo a través de una categoría general--. En Italia se hizo posible tratar de una manera objetiva el Estado y todas las cosas de este mundo. Al mismo tiempo el lado subjetivo se afirmó a sí mismo con el énfasis correspondiente; el hombre se convirtió en un individuo espiritual y se reconoció a sí mismo como tal .


En el Renacimiento cuya palabra no significa “renacimiento de las ciencias y artes de la Antigüedad”, sino qué posee una significación amplia y cargada de sentido, arraigada en las profundidades del pensamiento de la humanidad, es cuando existe una mayor individualización. El ser humano posee la capacidad de verse desde una perspectiva distinta a la anterior. En el Renacimiento, la persona se mueve hacia un escalón superior de autoconciencia en la que el control de los afectos, constituido como autocoacción, es más fuerte; es mayor la distancia reflexiva y menor la espontaneidad de los asuntos afectivos. Se necesitaba un aumento de la capacidad de los seres humanos para distanciarse de sí mismos y de los demás en su actividad mental. Esto es parte de la evolución hacia el autocontrol de los seres humanos.


En esta evolución, el sistema emotivo del individuo se transforma de acuerdo con los cambios de la sociedad y de las relaciones interhumanas. La imagen que el individuo tiene del ser humano se hace más matizada, más libre de emociones momentáneas, es decir, se "psicologiza".


Desde la perspectiva afectiva, la observación de las cosas y de las personas en el curso de la civilización va haciéndose más neutral. Además, la "imagen del mundo" --señala Elías, se independiza progresivamente de los deseos y de los miedos humanos y se orienta cada vez más a lo que se suele denominar "experiencia". Desde el punto de vista afectivo lo neutral es la experiencia.


El ruso A. Herzen ha expresado pensamientos profundos acerca de las funciones de la risa en la historia de la cultura:
La risa no es bagatela, y no podemos renunciar a ella.


En la Antigüedad se reía a carcajadas, en el Olimpo y en la tierra, al escuchar a Aristófanes y sus comedias, y así se siguió riendo hasta la época de Luciano. Pero a partir del siglo VI, los hombres dejaron de reír y comenzaron a llorar sin parar, y pesadas cadenas se apoderaron del espíritu al influjo de las lamentaciones y los remordimientos. Después que se apaciguó la fiebre de crueldades, la gente volvió a reír.


Nadie se ríe en la iglesia, en el palacio real, en la guerra. Los sirvientes domésticos no pueden reírse en presencia del amo. Sólo los pares (o de condición igual) se ríen entre sí. Si las personas inferiores pudieran reírse de sus superiores, se terminarían todos los miramientos del rango. Reírse del buey Apis es convertir al animal sagrado en toro vulgar.
La risa busca deshacerse del mundo lleno de injusticias y reemplazarlo por un mundo mejor. Crea una nueva realidad que desplaza a la otra que ya no puede mantenerse porque ha perdido su sentido. La risa es, pues, una liberación.


Existe un significado histórico, ideológico y estético del aspecto optimista, creativo y alegre de lo cómico.
Mijail Bajtin revolucionó el concepto de la Edad Media y del Renacimiento al aplicar una interpretación humorística a las mencionadas épocas históricas, y revelarnos una perspectiva popular y carnavalesca del mundo y de la historia. En La Cultura Popular en la Edad Media y en el Renacimiento se plantean los problemas de la cultura cómica popular de estas dos épocas históricas.
Según este autor, la risa popular y sus formas constituyen el campo menos estudiado de la creación popular. Se ha excluido casi por completo el humor popular en toda la riqueza de sus manifestaciones.
En la Edad Media la risa se oponía a las ideas rígidas que esparcía la Iglesia oficial.
En la antigua comedia popular el mundo infinito de las formas y las manifestaciones de la risa se oponía a la cultura oficial, al tono serio, religioso y feudal de la época.
Existían tres grandes categorías de las manifestaciones de la cultura popular. Por un lado, estaban las formas y rituales del espectáculo. Por otro, las obras cómicas verbales (incluso las parodias) de diversas naturaleza: orales y escritas, en latín o en lengua vulgar.
Habían surgido, además, diversas formas y tipos de vocabulario familiar y grosero. La representación de los misterios, por ejemplo, acontecía en un ambiente de carnaval. Las formas rituales y de espectáculo se organizaban de manera cómica. Ofrecían una visión del mundo, de la persona y de las relaciones humanas completamente diferentes.
En cierto modo se podría decir que se construyó al lado del mundo oficial, un segundo mundo y una segunda vida. Se creó una especie de dualidad del mundo.
Las fiestas oficiales reproducían el orden existente. Además, no eran capaces de crear esta llamada segunda vida. En las fiestas oficiales se miraba sólo al pasado y así se consagraba el orden social presente. En ellas se ponía de manifiesto la estabilidad, la inmutabilidad y la perennidad de las reglas. Había una verdad prefabricada que representaba la verdad eterna, inmutable, perentoria. Por otro lado, el carnaval apuntaba al porvenir.
Según Bajtin, la comicidad medieval no era una concepción subjetiva, individual y biológica de la continuidad de la vida. Era una concepción social y universal.
La persona concebía la continuidad de la vida en las plazas públicas, mezclada con la muchedumbre en el carnaval, donde su cuerpo entraba en contacto con los cuerpos de otras personas de toda edad y condición. La persona se sentía partícipe de un pueblo en constante crecimiento y renovación.
El carnaval era la forma festiva no-oficial de la vida de sociedad medieval y representaba la cultura folclórica cómica con su idea optimista de la eterna renovación.
La risa enseñaba la imperfección del mundo y a través de ella buscaba transformarle y renovarle.


Konrad Burdach, autor del libro titulado Reforma, Renacimiento y Humanismo , publicado en Berlín en 1918 señala que "el Humanismo y el Renacimiento no deben su aparición al descubrimiento por parte de los sabios de monumentos perdidos del arte y la cultura antigua, a los que tratan de insuflar nueva vida.". El Humanismo y el Renacimiento nacieron de una época que envejecía y cuyo espíritu ansiaba una nueva juventud.
Bajtin afirma que históricamente no se tuvo en consideración el humor del pueblo en la plaza pública como un objeto digno de estudio desde el punto de vista cultural, histórico, folclórico o literario. A su juicio, la naturaleza específica de la risa popular aparece totalmente deformada porque se le aplican ideas y nociones que le son ajenas, pues pertenecen verdaderamente al dominio de la cultura y la estética burguesa contemporánea. Por consiguiente, la profunda originalidad de la antigua cultura cómica popular no ha sido revelada . Es en este siglo, en concreto en la década de los sesenta, cuando los especialistas del folclore comienzan a interesarse por los ritos y los mitos cómicos. Para una mejor comprensión de la cultura cómica popular conviene tener en cuenta una de las experiencias importantes del individuo medieval: la experiencia del miedo, y cómo ésta fue afectando al ser humano.


A lo largo de la historia se han podido identificar períodos en los que se manifestó miedo a la risa. Una de las causas mayores del miedo a la risa es el poder del humor en la vida humana. Para poder apreciar la fuerza de su efecto hay que partir del miedo que se experimentaba en la Edad Media, y descubrir el origen de la risa en el Renacimiento.
La risa de la Edad Media se convirtió, al llegar el Renacimiento, en la expresión de la nueva conciencia libre, critica e histórica de la época. La risa pasa del estado de existencia espontánea a un estado de conciencia artística, de aspiración a un objetivo preciso. La risa medieval estaba excluida de las esferas oficiales de la ideología y de las manifestaciones oficiales de la vida y las relaciones humanas. Se había disociado la risa del culto religioso, del ceremonial feudal] y estatal, de la etiqueta social, y de la ideología elevada. El tono de seriedad exclusiva caracterizaba a la cultura medieval oficial.
El tono serio se impuso como la única forma capaz de expresar la verdad, el bien y, en general, todo lo considerado importante y estimable. Esto dio lugar a que el miedo, la veneración y la docilidad se constituyeran a su vez en variantes o matices de ese tono serio. Sin embargo, la risa es tan universal como la seriedad. Ambas abarcan la historia, la sociedad y la concepción del mundo.


En la Edad Media se llegaron a considerar legalizados, hasta cierto punto y quizás como resultado de un deseo de control, los ritos cómicos de La Fiesta de los Locos, de la Fiesta del Burro, de las procesiones y ceremonias de las otras fiestas. Durante ese tiempo el Estado y la Iglesia creyeron oportuno efectuar ciertas concesiones a las expresiones públicas ya que no podían prescindir de ellas, de modo que intercalaban días de fiesta en el transcurso del año.
En dichas fiestas se permitía al pueblo salirse de los moldes y convenciones oficiales, pero exclusivamente a través de las máscaras defensivas de la alegría. Se podría decir que dentro de este marco no había casi restricciones para las manifestaciones de la risa .


Según Bajtin, en la Edad Media se observa el miedo y la intimidación infundidos por la seriedad al igual que en la cultura clásica griega, en la que la seriedad era oficial y autoritaria, y estaba asociada a la violencia, a las prohibiciones y a las restricciones. Sin embargo, una diferencia entre ambos periodos estriba en que el individuo medieval percibía con agudeza su victoria sobre el miedo a través de la risa. Al vencer este temor, la risa aclaraba la conciencia del sujeto y le revelaba un mundo nuevo. De este modo, la risa implicaba la superación del miedo. Además, no imponía ninguna prohibición. De hecho, el lenguaje de la risa no es nunca empleado por la violencia ni por la autoridad. El distanciamiento entre la risa y la autoridad es tal que se dice, por ejemplo, que los dictadores temen más la risa que las bombas.


Con la risa hay un elemento de victoria sobre el miedo que infunden el poder y las fuerzas opresoras y limitadoras. La comicidad medieval se opuso a la mentira, a la adulación y a la hipocresía que se imponían a través de lo serio. Lo serio era el miedo moral que encadenaba, agobiaba y oscurecía la conciencia del individuo.
La nueva conciencia renacentista de la comicidad medieval tenía como uno de sus elementos primordiales la percepción de la risa como una victoria sobre el miedo. Se pasó de una sensibilidad medieval a una sensibilidad renacentista. Era un nuevo sentimiento que se expresaba en innumerables imágenes cómicas. Lo temible se volvía ridículo.


Es imposible comprender la aparición de la imagen de lo grotesco sin tener en cuenta la importancia del temor vencido . Se juega con lo que se teme; se hace burla de lo que se teme, de modo que lo terrible se convierte en un "alegre espantapájaros.".


La risa supera al miedo, pero no sólo el miedo exterior, sino también el miedo interior. La risa descubre el mundo desde un punto de vista nuevo, en su faceta más alegre y lúcida. No es un instrumento de opresión o embrutecimiento, sino un recurso de liberación que pertenece a cada individuo . De modo que no se puede renunciar a la risa, ya que ésta no es una forma defensiva exterior, sino interior que no puede sustituirse por la seriedad.
La libertad que ofrecía la risa durante el carnaval era un lujo que el pueblo podía permitirse únicamente en los días de fiesta. La risa no prescribía dogmas, sino que era una expresión de fuerza, de amor, de procreación, de renovación y fecundidad.

La risa y el carnaval .
El carnaval es el núcleo de la cultura cómica popular. Está situado en las fronteras entre el arte y la vida. En realidad — dice Bajtin -- es la vida misma presentada con los elementos característicos del juego. Desde esta perspectiva se puede afirmar que el carnaval no pertenece al dominio del arte. Las celebraciones carnavalescas ocupaban un lugar muy importante en la vida de las poblaciones medievales, hasta el punto de que en las grandes ciudades llegaban a durar tres meses.
En el carnaval hay una transformación del mundo social y del modo de estructurar e interpretar la vida, pues ignora toda distinción entre espectadores y actores.
Los espectadores no asisten al carnaval sino que lo viven, ya que el carnaval está hecho para todo el pueblo. Durante el carnaval no hay otra vida que la del carnaval. Es imposible escapar, porque no tiene fronteras espaciales. En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir, de acuerdo a las leyes de la libertad. El carnaval posee un carácter universal; es decir, es un estado peculiar por el que cada individuo participa en el renacimiento y renovación del mundo. Esta es la esencia misma del ­ carnaval, y los que intervienen en el regocijo lo experimentar vivamente.
Durante el carnaval es la vida misma la que interpreta. Durante cierto tiempo el juego se transforma en vida real.
La fiesta es el rasgo fundamental de todas las formas de ritos y espectáculos cómicos de la Edad Media. Las festividades siempre han tenido un sentido profundo, puesto que han expresado una concepción radical del mundo. Las fiestas, en todas sus fases históricas, han estado ligadas a periodos de crisis de la sociedad y del individuo.
Durante la Edad Media floreció en muchos lugares de Europa una festividad conocida como la Fiesta de Locos. Sacerdotes, normalmente piadosos, y gentes serias se colocaban máscaras obscenas, cantaban canciones desvergonzadas y en toda la noche de jarana no daban tregua al sueño. Ninguna institución ni personaje escapaba a la crítica y a la burla en la gran fiesta de los primeros días del año ..
La influencia de la cosmovisión carnavalesca sobre la concepción y el pensamiento de las personas era radical: les obligaba a renegar en cierto modo de su condición oficial -como monje, clérigo o sabio— y a contemplar el mundo desde un punto de vista cómico y carnavalesco.
La risa carnavalesca presenta tres características: en primer lugar es patrimonio del pueblo, puesto que todos ríen, la risa es "general." En segundo lugar, es universal, contiene todas las cosas y a todas las personas. El mundo entero parece cómico y es percibido y considerado en un aspecto jocoso, en su alegre relativismo. Por último, dicha risa es ambivalente: alegre y llene de alborozo, pero al mismo tiempo burlona y sarcástica; la risa niega y afirma, amortaja y resucita a la vez.
Existe una diferencia esencial entre la risa festiva popular y la risa puramente satírica de la época moderna. El autor satírico que sólo emplea el humor negativo se coloca fuera del objeto aludido y se le opone, lo cual destruye la integridad de] aspecto cómico del mundo. El satírico se excluye de lo aludido. En ese sentido no juega con lo que satiriza. Lo que surge es una risa negativa. La persona se ríe de lo aludido, pero no con lo aludido puesto que se excluye.
Por el contrario, en la risa popular ambivalente se expresa una opinión sobre un mundo en plena evolución en el que estar incluidos los que ríen. El pueblo se ríe de sí mismo, y consigo mismo. Esto es una señal de vida nueva.
En el carnaval el valor era la risa de la gente —del pueblo—. Por lo tanto, al desarrollar la capacidad para reírse de sí mismo, el pueblo se mueve a otra dimensión de madurez y de perspectiva, pues se prepara para criticarse a si mismo. Podría decir, glosando a Bore que la sabiduría popular reconoce que el pueblo no se morirá si se muere de la risa.
A pesar de haber sido relegada, la risa sigue jugando un papel de gran importancia en la vida social. En la evolución histórica de la cultura y la literatura la risa ha funcionado como un elemento que impide a lo serio la fijación. La verdadera risa, ambivalente y universal, no excluye lo serio, sino que lo purifica y lo completa. Lo purifica de dogmatismo, de unilateralidad, de esclerosis, de fanatismo y espíritu categórico, del miedo y la intimidación, del didactismo, de la ingenuidad y de la ilusiones, de la nefasta fijación a un único nivel, y del agotamiento.


Julio 2007.
http://www.romanicoaragones.com/

Un poco de poesía

"El niño yuntero",
Miguel Hernández.

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.
Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

Para escuchar la excelente musicalización de Joan Manuel Serrat:

Sitio del autor:

martes, 30 de diciembre de 2008

"La soledad de América Latina"

La soledad de América Latina
[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 -Texto completo]
Gabriel García Márquez
Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.
FIN

Para visitar

Artículo de opinión de Umberto Eco
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=910427


Entrevista a Beatriz Sarlo

Mi recomendación

Elena Poniatowska, enorme escritora, autora de Hasta no verte Jesús mío, Lus, Luna y las Lunitas, La noche de Tlatelolco, entre otras.



(Entrevista)
Elena Poniatowska presenta en Montevideo "La piel del cielo", Premio Alfaguara de Novela 2001.
"Además de hablar mal porque aprendí el español en la calle, hubiera querido aprender a tener una metodología que no tengo, a leer a los clásicos. Yo leí 'Platero y yo' cuando tenía como 49 años, leí todo tardísimo. Si hubiera tenido una vida académica sería un poquito más preparada".
En PERSPECTIVA,Viernes 08.06.01 - Hora 11.05DIEGO BARNABÉ.
Nuestra invitada de esta mañana nació en París en 1932, aunque vive en México desde 1942. Es periodista y escritora, su obra abarca todos los géneros literarios y periodísticos, novelas, cuentos, crónicas, ensayos, entrevistas y libros para niños y ha sido traducida a una decena de idiomas. Llegó a Montevideo a presentar su última novela, "La piel del cielo", que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2001.
-Elena Poniatowska, ¿qué es Uruguay para usted?
-ELENA PONIATOWSKA: Como usted dijo [antes de empezar la entrevista], la tierra de Felisberto Hernández. También, para mí, la del general Líber Seregni, por quien tengo una enorme admiración. He tenido noticia de Uruguay por el lado de Galeano, que va mucho a México; escribe para el mismo periódico para el que yo escribo, La Jornada. He leído todas sus "Memorias del fuego", "Las venas abiertas de América Latina"... También he leído a otros escritores y a la gran poeta que siempre me conmueve, que es Idea Vilariño.DB
- La primera referencia sobre usted la tuve en mi adolescencia, cuando mi hermano me mostró un día un libro llamado "Querido Diego, te abraza Quiela". En realidad me llamó la atención un libro en su biblioteca que llevaba mi nombre como título, pero en realidad se trataba de otro Diego. ¿De qué Diego se trataba?
EP - De Diego Rivera, el pintor.
DB - Un libro que recoge correspondencia.
EP - Es un libro de amor, son cartas de amor. En México me encargaron que hiciera una biografía de la segunda mujer de Diego Rivera, Lupe Marín; no quisieron la biografía sino que prologara dos novelas que ella había escrito, medio malonas pero que de todos modos reflejan una época, que se llamaban "La única india patrio". Cuando me lo pidieron empecé a leer una biografía de Diego Rivera, de un escritor comunista, Bertrand Wolf, que se llamaba "The Fabulous Life of Diego Rivera". La leí y me encontré con una primera mujer de Diego Rivera, Angelina Veloz, que me impresionó mucho porque era una rusa blanca que le dio todo, que tuvo con él el único hijo que él tuvo; tuvo dos hijas mujeres con Lupe Marín pero no tuvo nunca un hijo hombre. El niño murió de meningitis y de frío en París después de la Primera Guerra Mundial. Diego Rivera se aburrió de los franceses, de los cielos grises y de la piel que se arruga en los codos y decidió venirse a México, donde el cielo ahora ya no está tan azul. Aquí se enamoró de Lupe Marín y olvidó por completo a Angelina Veloz, que jamás lo olvidó. El le dijo "voy a mandar por ti" pero nunca mandó por ella. Ella de todos modos decidió ir a México, supo que él iba a estar en el teatro de Bellas Artes, que es un edificio muy impresionante, se sentó al lado de un pasillo para verlo pasar de cerca y para que él la viera. El pasó junto a ella y no la reconoció. Esta historia me impactó mucho y decidí escribirle las cartas a Diego Rivera que posiblemente Angelina Veloz le habría escrito.
DB - A propósito de Diego Rivera, no hace mucho tiempo aquí vimos su testimonio en ese fantástico documental "Asaltar los cielos", sobre Trotsky y la forma en que fue asesinado en México.
EP - Eso fue en los años 30 y yo nací en 1932, era muy chica. Sí conocí a fines de los 50 y principios de los 60 la cárcel de Lecumberry, donde estaba preso y por una equivocación Ramón Mercader, el que mató a Trotsky. Era un señor algo gordo, que se veía que estaba muy tranquilo con su conciencia y consigo mismo, que arreglaba todas las radios de la cárcel, todos los aparatos eléctricos. Los presos lo querían mucho por eso, porque les componía todos sus medios de comunicación con el exterior. Me lo presentó el general Martín del Campo y después me dijo: "El que usted acaba de saludar es el asesino de Trotsky". Quedé horrorizada, me quise lavar las manos.
DB - ¿A partir de ese momento lo transformó en un trabajo periodístico?
EP - No, después hice muchas cosas de la cárcel, pero nunca eso. Se ha escrito mucho sobre Trotsky y su asesinato en México, pero en ese momento no hice ningún trabajo de entrevistar a Ramón Mercader, nunca.
DB - Hablando de su obra más conocida, está "La noche de Tlatelolco", esa crónica desgarradora escrita como testimonio de los terribles sucesos de la matanza de los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas que tuvo lugar en octubre de 1968, que lleva más de 350.000 ejemplares vendidos, ¿no?
EP - Sí.
DB - Es mucho eso, ¿no?
EP - Sí, es mucho.
DB - ¿A qué se debe? ¿Por qué el tema le interesa a la gente?
EP - Los nietos de quienes participaron en el 68 quieren saber qué sucedió, por eso el libro se sigue vendiendo cada año.
DB - Usted quiso publicar el reportaje inicialmente en los medios de comunicación para los que trabajaba, ¿no?
EP - Sí, empecé a llevar material a los periódicos, pero había una censura bárbara, entonces lo guardé. Luego, un día mi editora llegó a casa, igual que con "Querido Diego...", porque somos muy amigas, y me preguntó qué eran aquellas páginas. Le dije que eran los testimonios del 2 de octubre de 1968 y me dijo que ella los publicaba. Su padre entonces era el director de la editorial y recibió muchas amenazas, pero él había estado en la Guerra Civil de España y sabía muy bien lo que eran la guerra, los bombardeos y todo eso, pero corrió el riesgo. Le dijeron que iban a deshacerle la editorial, sobre todo la imprenta, pero no sucedió nada.
DB - Entre otros testimonios estaba el de Oriana Fallaci.
EP - Sí, la fui a ver al hospital francés, donde la habían internado porque recibió dos balazos. Fueron balazos leves pero en la espalda. Toda la gente resultó herida en la espalda, en los glúteos, en los brazos, en la nuca, porque cuando iba corriendo para escapar de la plaza le dispararon por atrás, era una trampa. Iban a ser los juegos olímpicos 10 días después, el 12 se iban a inaugurar, entonces una muchacha que ayudaba a los visitantes extranjeros llegó allí con su uniforme, con los círculos de los juegos olímpicos, y fue baleada por detrás con bala expansiva. Su padre la fue a recoger en el anfiteatro y tenía seis huellas de bala a lo largo de toda la columna vertebral. Oriana Fallaci estaba herida pero levemente, entonces lo único que hacía en el hospital era llamar por teléfono al Parlamento italiano para que no fueran a mandar a la delegación de deportistas en protesta por el 68. Ella había estado en Vietnam, había sido corresponsal de guerra y en ninguna parte del mundo había visto que dispararan sobre una multitud inerme desde arriba, sin aviso. En los bombardeos por lo menos había una sirena que avisaba y la gente se podía meter en algún refugio; era el primer país donde veía que se disparaba sobre la gente.
DB - ¿Qué opina de Oriana Fallaci como periodista?
EP - Es una gran periodista, una periodista extraordinaria que hizo época en un momento dado, que hacía entrevistas buenísimas y muy atrevidas. Recuerdo sobre todo una muy divertida que le hizo a Cayetana de Alba, quien daba siempre las mismas respuestas. Era muy divertida, muy crítica pero muy buena.
DB - A propósito de entrevistas, otra de sus obras destacadas, "Hasta no verte Jesús mío", una novela que ganó el Premio Mazatlán de Literatura 1970, tuvo en el origen una entrevista.
EP - Sí. "Hasta no verte Jesús mío" es un dicho, es un brindis como chin-chin. Se decía porque Jesucristo estaba pintado en el fondo de un vaso, se bebían todo el tequila o todo el alcohol hasta terminar y veían a Jesucristo. Por eso decían "hasta verte Jesús mío", pero como los mexicanos somos tan inseguros y para todo decimos "no", pedimos que nos afirmen en nuestra inseguridad, le puse "Hasta no verte Jesús mío". Es la vida de una soldadera. En México las soldaderas fueron vilipendiadas, muy satanizadas, se decía que eran prostitutas al servicio de los soldados. Entonces yo quise hacer la vida extraordinaria de una mujer y demostrar que sin las mujeres no habría habido revolución mexicana.
DB - A propósito de conexiones entre periodismo y literatura, ¿para usted más de una vez en su obra, en su trabajo estuvieron conectadas, era fácil pasar de uno a otra?
EP - Sí, creo están conectados. Las entrevistas tienen que ser lo más exactas posible porque si no los entrevistados protestan, llegan muchas cartas de protesta a la redacción, así que son muy exactas, pero ya en la ficción uno puede hacer lo que quiere.
DB - ¿Sobre qué temas y por qué usted optó por la ficción, cuando quizás en el origen, como en este caso, hubo una entrevista, un encuentro con un personaje de la vida real?
EP - Siempre he optado por la ficción, pero siempre me he ceñido a la realidad. Tuve una educación en un convento de monjas, en una escuela donde lo único que nos enseñaban era a rezar y confesarnos, entonces la realidad ha sido siempre mi escuela o mi academia. Las entrevistas que hice desde muy joven, con gente que me enseñó mucho como Alfonso Reyes, Octavio Paz, Luis Buñuel, mucha gente que traté en México, los pintores españoles que llegaron después de la Guerra Civil de España en 1939. Todo eso ha sido mi escuela y es lo que he utilizado en los libros, es mi academia. El periodismo también es, en cierta manera, mi modo de estar sobre la tierra y de aprehender el mundo, de intentar entenderlo. No escribo sobre mis estados de ánimo o sobre si mi alma está en estado de zozobra o no, sino más bien sobre la realidad mexicana, porque creo que en México hay muchísimas cosas por descubrir todavía, muchos territorios por descubrir, y además porque también creo que es importante documentar lo que sucede en mi país.
DB - ¿Para qué es útil la ficción para alguien que trabaja y ha trabajado mucho sobre la realidad? ¿A partir de qué momento la ficción puede decir cosas que quizás un testimonio de la realidad no puede decir?
EP - Para mí, la ficción ha sido útil porque puedo insertar mis sentimientos, puedo escoger a quien quiera y no hablar de quien no me interesa. En ese sentido puedo ser bastante más subjetiva. He hecho mucho periodismo, muchas entrevistas que me encargaban, por ejemplo a políticos que no me gustaba nada entrevistar, aunque después, como yo les preguntaba por qué eran ladrones y ese tipo de cosas, el periódico ya no me mandaba porque los entrevistados decían qué clase de cucarachas nos mandan que hacen esas preguntas tan impertinentes y nos ponen en aprietos. El periodismo me ha obligado a hacer cosas que quizás hacía muy mal; todo lo hago más o menos mal, pero la ficción te permite ser tú misma.
DB - Hablando de los políticos, usted no los quiere demasiado, me da la impresión.
EP - No, a ninguno.
DB - ¿No hay excepciones?
EP - Sí, quiero muchísimo y quisiera entrevistar a Nelson Mandela. Hay gente que admiro. Admiro al subcomandante Marcos, admiro mucho al general Líber Seregni; es gente sobre la que quisiera escribir libros, pero no sé si me alcanzarán los años.
DB - Usted ha dicho en Buenos Aires que los dirigentes nunca están a la altura del pueblo, que la gente es muy superior a los políticos.
EP - ¿Usted no lo cree?
DB - Puede ser, no sé si en todos los casos, pero me interesaba conocer para usted quiénes son las excepciones.
EP - Creo que los argentinos son superiores a Menem, ¿no lo cree?
DB - Sí, estamos de acuerdo.
EP - Y a Bolocco.
DB - ¿Cómo ha seguido esos episodios tan recientes?
EP - He leído los periódicos, he leído La Nación, he seguido la manera en que los reseña o escribe sobre ellos Clarín. La Nación me parece muy tiesa.
DB - ¿Usted entrevistó a Menem alguna vez?
EP - No, claro que no. ¿No le digo que no entrevisto a poderosos? He entrevistado a algunos presidentes de la República, pero mexicanos. No es cierto: también a muchos franceses que venían a México, a Alain Touraine y a varios franceses muy valiosos.
DB - Le confieso que la historia de "La piel del cielo" me cautivó apenas comencé a leerla y que sin embargo me dio un sacudón que otro, ya en el comienzo, cuando usted me mata a la mamá de Lorenzo, Florencia. No esperé que muriera tan pronto en la novela, y así como si nada, de un momento para el otro desaparece, un personaje que en el comienzo de la novela tiene un rol muy importante al lado de sus hijos, esa madre que va guiando a sus hijos en plena naturaleza por el mundo, contestando a las preguntas de esos hijos maravillados por lo que están viendo, por su relación con la naturaleza y con los animales, con el cielo especialmente en el caso de Lorenzo. Estábamos hablando del periodismo, la realidad y la ficción. ¿Esta novela nace 100% de la ficción o no?
EP - Sí. Yo estuve casada con un astrofísico, un científico, por eso me enteré de lo que era la astrofísica. Como a la mayoría de la gente, me parecía que los astrónomos eran seres muy poéticos, muy románticos, los imaginaba con su capa de estrellas, su gato en el hombro, su cucurucho en la cabeza, su telescopio caminando por las azoteas, sin mucha relación con la realidad. A raíz de estos años compartidos me enteré de los problemas de la ciencia, aunque no supe realmente de qué se trataba porque el observatorio donde trabajaba Guillermo Aro, mi esposo, está lejos de México y yo me quedaba en la ciudad con los niños. Surge un poco de esto, de mi interés por reflejar un mundo que casi nunca aparece en los periódicos.
DB - Y a partir de allí tomar conciencia sobre la importancia de los científicos en general.
EP - Sí, y de la vida científica en un país del tercer mundo, un país que está tan cerca de Estados Unidos que cree que todo lo tiene que importar de allí, por ejemplo todos los focos, todo viene de Estados Unidos, entonces nadie se preocupa de cómo están hechos los filamentos de tungsteno que están dentro de los focos porque es más fácil y barato importar todo de Estados Unidos. Es la vida de un científico, de un muchacho que se hace las preguntas que quizás todos los niños se hacen hasta que los adultos les asfixian su curiosidad quizás por indiferencia o porque no se sabe la respuesta. Es la historia de ese niño, de sus amores -que son muchos- y de las preguntas que se hace como nos hacemos todos: para qué venimos, por qué en esta época, por qué usted no nació en la época de Luis XIV y yo quizás sería María Antonieta... Por qué estamos aquí, para qué, qué vamos a hacer con la vida.
DB - ¿Usted se divierte con eso, imaginando que le gustaría haber nacido en otra época?
EP - No, en realidad nunca pienso que me gustaría haber nacido en otra época. Tengo mucha envidia de los que van a vivir después de mí, en el futuro, de lo que van a ver, pero ahí estarán mis nietos y más tarde mis bisnietos. Creo que uno vive también a través de sus hijos.
DB - Usted tiene tres hijos y siete nietos.
EP - Sí.
DB - Usted ha dicho que es el mayor de sus premios.
EP - Claro, porque no hay nada más maravilloso y gratificante, nada le calienta el corazón a uno tanto como los hijos. ¿Usted no tiene hijos?
DB - Todavía no.
EP - Cuando los tenga va a ver.
DB - Usted se ve reflejada de alguna manera en Lorenzo, en este personaje central de "La piel del cielo".
EP - Sí, todos estamos reflejados en todos nuestros personajes: en los buenos, en los malos, en la prostituta, en la santa, en la monja, en todos.
DB - Pero en este caso eligió un hombre como protagonista, después de muchas mujeres que pasaron por su pluma.
EP - Ha habido otros hombres en la literatura, pero quise hacer un hombre como un desafío, un reto. Ahora voy a trabajar en otra novela en la que el protagonista es también un hombre.
DB - ¿Por qué como un desafío, como un reto?
EP - Porque siempre dicen que es difícil para una mujer escribir sobre un hombre.
DB - O desde un hombre.
EP - A veces pienso que exageré y que me pasé de macho, pero parece que los jurados en Madrid se sorprendieron mucho cuando abrieron la plica y vieron que Dumbo era una mujer. Creían que Dumbo, que es el seudónimo que me puse, era un hombre.
DB - Hablamos de realidad y ficción; usted ha dicho que la realidad casi siempre se cuela en los relatos. Aquí el contexto de México está muy presente, inevitablemente, ¿no?
EP - Sí, es una época de México, pero yo quise estirarla casi hasta los 90 para llegar a la computación, Internet, todo esto, las pantallas que aquí vemos.
DB - Hablando de la realidad y de la historia de México, la relación entre la gente más humilde y los más poderosos, entre las diferentes clases sociales es inevitable.
EP - Es inevitable, lo tengo muy presente a través del periodismo, porque el periodismo me lleva a conocer ciertos temas que si me quedara sentada en mi casa no conocería.
DB - Los grandes contrastes como los que hay en México la cautivaron.
EP - No me cautivaron; me horrorizaron. Los grandes abismos sociales entre uno y otro.
DB - La cautivaron en el sentido de que dominaron buena parte de su obra, ¿no?
EP - Sí, claro, yo siempre he escrito sobre la gente más alejada a mí porque es la que más me interesa, es de la que no sé nada y la que me ofrece cosas que me sorprenden, me deslumbran.
DB - "Ha sido muy enriquecedor tener amigos entre quienes en México van a la cárcel y son carne de cañón".
EP - Sí.
DB - ¿Por qué?
EP - En México hay presos reincidentes, los "conejos", que viven mejor en la cárcel que en la calle porque por lo menos en la cárcel comen. Algunos de ellos me han escrito cartas y cuando lo hacen los voy a ver a la cárcel, entonces entro a un mundo al que jamás podría entrar. Creo que toda la gente que vive en una situación límite tiene muchísimo que dar, está dispuesta a hablar, piensa que a lo mejor son sus últimos momentos. La gente en la cárcel está sólo esperando que llegue alguien que la quiera escuchar para contarle su prodigiosa vida de mentiras o su prodigiosa vida de verdades, de lo que cree que es verdad. Para mí ha sido maravilloso; siempre pienso que ojalá los periodistas tuvieran la oportunidad de estar siempre oyendo a los presos.
DB - ¿Le ha interesado siempre entrar a los lugares un poco más difíciles, donde está la gente en situaciones límite?
EP - No es que me guste, que ande buscando catástrofes por todas partes; lo que sucede es que en México hay muchas catástrofes, hay terremotos, gente encarcelada, manifestaciones, mítines, estudiantes muertos, se llega siempre al extremo en todo. Por eso yo, como testigo en todo, desde 1953 he participado en muchas huelgas de hambre y muchas protestas.
DB - Si hablamos de los escritores, en los últimos años muchas mujeres mexicanas han llamado la atención en la literatura latinoamericana, nos han llegado aquí sus obras. ¿Cuáles son las que más le han interesado?
EP - Me interesan mucho dos mujeres que por desgracia ya murieron. Una es Rosario Castellanos, chiapanesa, cuyas novelas ahora se leen mucho, justamente por la situación en Chiapas. Me interesó mucho Elena Garros, que fue la primera esposa de Octavio Paz, que escribió una novela espléndida, "Los recuerdos del porvenir", que es posiblemente la mejor autora teatral de México, la más creativa. En la actualidad hay muchas mujeres muy destacadas.
DB - A la distancia nos ha costado entender la actualidad, si se quiere el pasado muy reciente de México, esa muy llamativa caravana de los zapatistas de dos semanas que llegaron a la ciudad de México a decir sus cosas ante los dirigentes políticos mexicanos. Nos costaba entender a la distancia esa suerte de diálogo de sordos, entre un presidente que se mostraba aparentemente conciliador, que parecía buscar el diálogo, dar espacio a los indígenas, a los zapatistas de Marcos, y del otro lado los zapatistas que permanentemente mostraban su desconfianza.
EP - Con mucha razón. Yo creo que la actuación de los zapatistas fue notable y fue la acertada: no rendirse ante el poder, lo que cuesta muchísimo trabajo, porque intelectuales con una gran formación corren con la lengua afuera a besarle las manos al presidente de turno simplemente por lo que representa. Los indígenas se mantuvieron firmes. Fox les decía "los invito a Los Pinos", que es la casa presidencial, y ellos decían que no, que querían ir al Congreso y hacer allí sus peticiones. Lograron por fin llegar al Congreso y la que habló fue una mujer, lo cual fue de veras muy acertado también, porque todo el mundo pensó que iba a hablar la "vedette" del Movimiento Zapatista, el subcomandante Marcos, que en realidad es el portavoz de los indígenas... Habló una mujer y lo hizo estupendamente, aunque apenas ha aprendido la castilla, como le llaman al castellano, al español. Marcos se enoja porque los periodistas ni siquiera pueden pronunciar bien su idioma, dicen todo chueco. Fueron las mujeres las que hablaron, creo que debe haber sido un esfuerzo enorme pararse frente a multitudes y hablar, tomar el micrófono y hacerlo con la convicción y provocando todas las emociones que provocaron.
DB - ¿Cuál ha sido para usted el mérito de los zapatistas desde que comenzaron su movimiento? ¿Qué ha traído de bueno para México?
EP - Creo que ha sido poner en el tapete de la discusión a los indígenas. Los indígenas casi desde la conquista han sido los criados de los blancos, han estado al servicio de los blancos, se los ha pisoteado, se les han quitado sus tierras... La historia de siempre. Entonces creo que el mérito del zapatismo es que para todos los países que tienen poblaciones indígenas -ustedes no tienen-, Perú, Guatemala, es muy importante lo que está sucediendo. Creo que es aún más importante que el Premio Nóbel a Rigoberta Menchú. Creo que eso hace que toda la gente, incluso los que nunca pensaban en los indígenas ni hablaban de ellos, reconsidere lo que ellos significan, porque finalmente es un poco como decía Saint-Exupéry, que lo esencial es invisible. Al hacerse visibles han hecho también visible lo esencial, que es toda esta gente que hace de México un país distinto.
DB - ¿Sirvió para algo esa caravana tan llamativa, esa presencia en Ciudad de México?
EP - Sí, ha servido enormemente, en primer lugar para que ellos sintieran que no estaban solos, que los recibían después de horas de desorganización, de sol, cinco o seis horas en las carreteras, los recibían multitudes y hablaban ante multitudes de simpatizantes. Claro, entre los simpatizantes no había banqueros ni empresarios, pero la gente sí salía a verlos y eran recibidos en el Zócalo por casi un millón de personas. Creo que eso fue importantísimo, y saber que ellos ya son parte de México, que no son mexicanos de quinta o sexta, como lo eran antes.
DB - ¿Y ahora qué puede ocurrir? ¿Qué los espera?
EP - Ahora los espera un tira y afloje con el gobierno para que se cumpla lo que pide el Congreso indígena. Tienen muchos más simpatizantes que otros, no tienen tantos, pero tienen muchos más simpatizantes entre los jóvenes, sobre todo, y eso es importante en México. Cuando estuvieron viviendo en la Escuela de Antropología, quienes los cuidaron y los apoyaron fueron sobre todo los estudiantes universitarios.
DB - Cuando se supo que usted había ganado el Premio Alfaguara de Novela 2001, con "La piel del cielo", Carlos Fuentes, su compatriota, escribió un texto muy simpático, muy tierno sobre usted, titulado "La Poni". ¿Así le dicen o le dice Carlos Fuentes?
EP - Carlos Fuentes me lo decía cuando éramos muy jóvenes. Decía: "Mira, ahí va 'la Poni' en su Volkswagen, a preguntar por el precio de los tomates; ahí va al matadero a ver rastros, a ver cómo matan a las vacas para protestar si matan mal a los animales". Decía siempre "la Poni" cuando yo era muy joven.
DB - A propósito de ese texto, comienza diciendo que la vio a usted por primera vez disfrazada de gatita en un baile en el Jockey Club de México. ¿Es verdad eso?
EP - Sí, es cierto, nos vimos en varios bailes cuando ninguno de los dos pensaba que íbamos a ser escritores jamás. Recuerdo que él me sacaba a bailar y me parecía que bailaba muy mal porque me daba puros pisotones. Pero él bailaba con mucha pasión y creo que ya estaba tomando notas para "La región más transparente", su primera novela.
DB - En un texto cargado de elogios para usted, que recorre su trayectoria, termina diciendo: "No siempre estoy de acuerdo con ella en sus juicios. Siempre admiro su convicción y su valor".
EP - Es muy lindo. No está de acuerdo conmigo en mis juicios porque yo soy una gente completamente reacia al poder, no me acerco al poder para nada; políticamente supongo que él tiene otras ideas, cree que uno puede influir sobre los presidentes de la República. Yo creo que lo único que uno puede hacer es huir, echar a correr apenas vea uno a un poderoso.
DB - ¿Sean del color que sean?
EP - Sean como sean, casi. A él le parece una actitud muy tonta de mi parte. Mi madre siempre dice que apenas veo a alguien de plan quinquenal, con zapatos para los próximos 10 años y vestido de overall, de mezclilla, caigo locamente enamorada, y apenas veo a alguien con corbata y portafolios lo odio.
DB - Menos mal que no me puse corbata esta mañana.
EP - Ella decía que yo también era muy tontita.
DB - Si bien me decía antes que no querría ir al pasado y vivir otra vida, creo que ha dicho por allí que si pudiera volver a nacer le gustaría estudiar porque le faltó estudiar mucho, leer más. ¿Por qué, qué le falta estudiar?
EP - Me faltó mucho. Yo fui a un convento de monjas en Estados Unidos, no tengo ninguna academia, aprendí el español en la calle, hasta muy tarde dije "nadien", "yo vide", cuando tengo prisa todavía digo "cíudad", todo lo decía chueco. Sigo diciendo muchas cosas chuecas, pero además de hablar mal porque aprendí el español en la calle, hubiera querido aprender a tener una metodología que no tengo, a leer a los clásicos. Yo leí "Platero y yo" cuando tenía como 49 años, leí todo tardísimo. Leí más a los grandes católicos franceses, leía lo que leen las "girl-scouts" francesas, toda mi formación fue malísima. Leí "El marqués de Sade" demasiado tarde, leí a Salomón Reynac, "La historia de las religiones" y empecé a asustarme y a preguntarme cómo es posible que todas las vírgenes den a luz a un dios en todas las religiones. La mamá de Buda es virgen, la mamá de Cristo es virgen, es una constante. Todo eso me pasó demasiado tarde; si hubiera tenido una vida académica sería un poquito más preparada.
DB - El español le vino de la mano de las empleadas que trabajaban en la casa de sus padres, que la cuidaban.
EP - Sí, y de hablar con la gente de la calle. Por eso mi español es tan deficiente. Yo acentuaba "don", siempre decía "dón Pedro", ponía acento; me costó un trabajo horrible quitarle el acento a la "o".
--------------Transcripción: María Lila Ltaif CurbeloEdición: Julieta SokolowiczFoto: Armando Santibáñez R. (tomada de exodusltd.com)